Mientras nuestro país celebra el 250.º aniversario de su independencia, es bueno recordar que la humildad es la manera de Dios. Como nación rica y poderosa, podemos caer fácilmente en la tentación de pensar que nuestro camino debe ser el dominio. «Atacarlos antes de que nos ataquen» o «la fuerza da la razón». Hemos vivido bajo esa lógica demasiadas veces en nuestra historia como nación. Si asistieron a la Hora Santa del viernes, donde oramos por el fin del racismo, habrán escuchado que mi orden, la Compañía de Jesús (los jesuitas), también sucumbió a la tentación del dominio en los siglos XVIII y XIX en este país. De hecho, mantuvimos a personas africanas en esclavitud, e hicimos cosas aún peores. En 1838 vendimos a 272 personas para salvar a la Universidad de Georgetown, separando así a familias: madres de sus hijos, padres de sus esposas, abuelos de sus nietos. Aquello mismo que reprochamos al gobierno de los Estados Unidos por hacer a los inmigrantes, nosotros lo hicimos de una manera trágica y traumática. Todos podemos sentirnos tentados por el poder, por el dominio y por las riquezas.
Las lecturas de hoy nos recuerdan que el camino de Dios es un camino de humildad. El profeta Zacarías presenta la imagen de un rey que llega con sencillez: «Mira a tu rey que viene a ti; humilde y montado en un burrito». Esto nos recuerda cómo entró Jesús en Jerusalén para afrontar su muerte humillante. Y en el Evangelio, Jesús alaba al Padre, no porque este favorezca a los ricos y poderosos, a los instruidos o a la élite. Más bien dice: «¡Has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla!». A diferencia de los fariseos —los líderes judíos que dominaban a la gente mediante leyes—, Jesús viene a aliviar las cargas: «Soy manso y humilde de corazón... mi yugo es suave y mi carga ligera».
Mi oración por nosotros como país es que podamos hacer realidad las audaces palabras que escribimos en la Declaración de Independencia en 1776: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres (y mujeres) son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad». Nos queda un largo camino por recorrer para convertir estas palabras en una realidad para todas las personas.