Las lecturas de este fin de semana nos invitan a la hospitalidad. En la primera lectura, Eliseo visita a una mujer y a su esposo, quienes le preparan una pequeña habitación en la azotea —¡quizás un ADU!— que parece muy acogedora: tiene cama, mesa, silla y lámpara. Más tarde, él los recompensa prometiéndoles un bebé. En el Evangelio, Jesús dice a sus discípulos, de manera sencilla y clara, que quien los recibe a ellos recibe al mismo Jesús; quien recibe a un profeta, recibe la recompensa de un profeta... y quien ofrece aunque sea un vaso de agua fría a uno de los más pequeños, «yo les aseguro que no perderá su recompensa».
Recuerdo que, durante el periodo de mis primeros estudios en Nueva York cuando acababa de profesar mis votos como jesuita, vi a nuestro superior preparando una habitación para huéspedes. Mientras doblaba las toallas y hacía la cama, dijo en voz baja: «Quien recibe a un huésped, recibe a Cristo». Esas palabras se me quedaron grabadas. También recuerdo que en casa de mis padres siempre parecía haber sitio para uno más en la mesa si alguien nos visitaba a la hora de la cena; a ellos les encantaba invitar a la gente a acompañarnos. Yo mismo he sido beneficiario de la hospitalidad de otros en muchísimas ocasiones, y de formas que realmente me llenan de humildad. Muchas veces me han hecho sentir como un rey gracias a la comida deliciosa y abundante que me servían cuando me invitaban a sus hogares.
El espíritu de hospitalidad es algo verdaderamente hermoso. Los migrantes que se alojaron con nosotros en el Salón Tepeyac fueron los destinatarios de la hospitalidad de ustedes y de nosotros. Abrimos nuestra iglesia y nuestros corazones porque creíamos que era lo correcto. Así como Dios nos ha bendecido abundantemente, nos sentimos impulsados a compartir nuestras bendiciones. No lo hicimos porque nos sobraran recursos, sino porque sentíamos que estábamos recibiendo a Cristo. ¿Y cuál fue nuestra recompensa? Creo que fue una comprensión más profunda de quiénes somos. Dios nos acercó a nosotros mismos. Dios nos recordó que nosotros también somos peregrinos en este mundo y que, como hijos e hijas de migrantes, compartimos algo en común con estas personas. El gran misterio de dar es este: cuando damos, recibimos. Como dice Jesús en el mismo Evangelio: «Quien pierda su vida por mi causa, la encontrará». Que siempre entreguemos nuestra vida en actitud de hospitalidad hacia los demás.