«En aquel tiempo entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí, y yo en ustedes». Me encantan estas palabras del Evangelio de hoy, en las que Jesús les dice a sus discípulos —y a nosotros—: «Ustedes están en mí y yo estoy en ustedes». La cercanía, la intimidad, la conexión con Jesús es algo que todos anhelamos. Lo escuchamos también el domingo pasado, cuando Jesús les dijo a sus discípulos que nos prepararía un lugar, «para que donde yo esté, estén también ustedes». ¡En efecto, la cercanía con nosotros es algo que Jesús también desea!
No puedo evitar pensar que unas agentes especiales de esta cercanía con nosotros son nuestras madres. Ellas están conectadas con nosotros incluso desde antes de que naciéramos. Cuando éramos niños, nos sostenían en sus brazos y nos ayudaron a aprender a caminar, a comer, a jugar y a rezar. A medida que crecemos, nunca dejan de preocuparse por nosotros. He compartido en otras ocasiones que, cuando atravieso por alguna dificultad, siento que mi madre lo intuye automáticamente; y el simple hecho de saber que ella sabe que estoy pasando por un momento difícil me hace sentir mejor. Nuestras madres nos transmiten un sentido de cuidado y amor y, al hacerlo, nos comunican el amor de Dios.
Pero, con la misma certeza con la que escribo estas líneas, sé que algunos hijos —sean adultos o jóvenes— mantienen relaciones difíciles con sus madres; y que algunas madres, a su vez, tienen relaciones difíciles con sus hijos. ¡Esta carta es también para ustedes! Quiero decirles que pueden traer esas relaciones difíciles a la Misa, ante Nuestra Señora de Guadalupe, y permitir que ella y su Hijo los miren con amor. Pueden poner esas relaciones difíciles ante Dios y pedir sanación y reconciliación. Quiero animarlos a no darse por vencidos con sus hijos ni con sus madres. Madres: sean como el padre del hijo pródigo, siempre atentas y a la espera de que sus hijos regresen a ustedes para reconciliarse. Nunca les cierren la puerta por completo. Y ustedes, hijos e hijas: nunca se den por vencidos con sus madres. Intenten comprender su perspectiva, entender por qué piensan de la manera en que lo hacen, y vean si pueden interpretar sus palabras hacia ustedes como una forma de demostrarles su cuidado, aunque a veces les resulte doloroso. En este Día de la Madre, todos damos gracias a Dios por nuestras madres, independientemente de la manera en que nos hayan amado. Ofrecemos nuestros corazones y rezamos pidiendo sanación. Nuestras madres son un regalo.