Si eres como yo, habitualmente respondes a esta pregunta sacando tu teléfono, abriendo la aplicación de mapas, escribiendo la dirección y leyendo las indicaciones. Luego sigo esas indicaciones al pie de la letra, girando exactamente donde se me indica. El problema con esto, sin embargo, es que, ahora que llevo casi cuatro años viviendo en San Diego, todavía no estoy aprendiendo a orientarme por la ciudad tanto como me gustaría. Me siento excesivamente dependiente de mi teléfono. No estoy logrando conectar los puntos. Por el contrario, cuando intento tomarme un poco más de tiempo para descifrar las indicaciones sobre la marcha —y me permito cometer algunos errores—, mis ojos se vuelven más sensibles a las carreteras y a los puntos de referencia. Empiezo a ver la ubicación de las cosas en relación unas con otras. Y, a veces, resulta simplemente agradable contemplar rincones de esta hermosa ciudad que, de otro modo, quizás nunca vería, ya que nunca se encuentran a lo largo de las rutas más eficientes y directas. Debo aprender a confiar menos en mi teléfono.
En este quinto domingo de Pascua, Jesús nos dice: «Creen en Dios; crean también en mí». Siento como si nos dijera: «No sigan confiando únicamente en sus propios caminos. Miren hacia arriba. Vean que yo estoy aquí. Yo me dirijo a un lugar, y ustedes pueden seguirme. Porque, en realidad, sí conocen el camino. ¡Yo soy el camino! Confian en mí y yo les mostraré la senda. Pues yo soy el camino, la verdad y la vida». Podemos transitar nuestro día —pasando de una actividad a otra en nuestra agenda— siguiendo el curso de la jornada tal como seguimos las indicaciones del navegador de nuestro teléfono. En lugar de tomarnos un poco más de tiempo con alguien que encontramos en el camino; de perdernos en una conversación profunda y significativa; de dedicar un momento extra a la oración; o de pasar un rato disfrutando de la sensación del sol sobre nuestra piel o respirando el delicioso aire marino que nos envuelve por doquier aquí en San Diego. El camino de Jesús tal vez no sea la ruta más directa hacia el futuro, pero nos conduce a una vida nueva. Esto está garantizado. Es el camino de desprendernos de nuestros propios planes; de renovar nuestro compromiso con una vida de servicio; de decir: «No sé cómo lograremos hacer esto, pero confío en que eres tú quien me está guiando». En verdad, sí conocemos el camino. Es el camino de Jesús. Es la cruz la que siempre nos conduce a la vida nueva, la vida nueva de la Pascua.