Me encanta conversar con los jesuitas mayores que residen en nuestra enfermería. Lo han visto todo. Y atesoraban tanta experiencia vital que lograban mantener las cosas en perspectiva. Nada lograba perturbarlos en exceso. Varios de ellos han atravesado luchas significativas —incluso se podría hablar de fracasos. Pero lograron «llegar al otro lado». Con esto quiero decir que ahora gozaban de una especie de libertad. Era como si hubieran muerto —a sí mismos, a su ego, a la necesidad de demostrar su valía ante los demás— y ahora vivieran en una libertad renovada.
San Pablo, en su Carta a los Romanos, afirma: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él». ¿Qué nos está diciendo? El autor franciscano, el padre Richard Rohr, sostiene que «la única manera de ascender es descender». Con esto quiere decir que, para crecer espiritualmente, debemos pasar por la humildad, la lucha e incluso el fracaso. En otras palabras: nuestro ego debe morir. Debemos atravesar un periodo en el que ya no podamos creernos esa gran persona que pensábamos ser gracias a nuestra popularidad, a nuestra reputación o a nuestro prestigio. Dejamos de ser esa persona que siempre tiene la razón, que siempre se sale con la suya. Debemos desprendernos de todo... debemos entrar en la tumba, allí donde reina el silencio. Y, dentro de la tumba, el único lugar donde podemos hallar esperanza —o vida— es Dios. Y esto, a su vez, nos permite salir de la tumba de una manera nueva: como personas resucitadas. Nuestro valor ya no emana de nada externo; por el contrario, todo nuestro valor y nuestra dignidad provienen de Dios.
Muchos de ustedes ya conocen esta verdad. Sus sueños han muerto. Los obstáculos en sus vidas han sido abrumadores. Han tenido que desprenderse de muchísimas cosas. Algunos de ustedes no han podido estar junto a sus seres queridos en México en el momento de su fallecimiento. Otros se han sentido rechazados por personas muy allegadas. Y otros más han visto cómo sus familiares eran deportados. Y, de algún modo —desde la oscuridad de esas tumbas—, logran hallar una luz, un atisbo de vida. Se han visto obligados a encontrar un nuevo sentido, un nuevo valor. Para mí, ustedes son la prueba viviente de la resurrección. Hoy celebramos esa nueva vida que Cristo, quien murió por nosotros, nos trae a todos. ¡Felices Pascuas!