En el Evangelio de este domingo, aunque estamos en Tiempo Ordinario, se continúa hablando del Bautismo de Jesús. La semana pasada escuchamos una breve descripción del acontecimiento, y en el Evangelio de Juan es más extenso y detallado. Juan nos cuenta cómo llegó a reconocer que este hombre, Jesús, era el elegido: «Vi al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y posarse sobre él…». Aprendemos que Juan recibió instrucciones específicas: aquel sobre quien viera descender y posarse el Espíritu, sería «el Elegido». Así, concluye: «Pues yo lo vi y doy testimonio de que este es el Hijo de Dios».
Me pregunto si tenemos la mirada atenta a la presencia de Jesús entre nosotros. Hoy en día, se presenta mucho más disfrazado: como la persona a la que quizás queremos demonizar, el pobre, el inmigrante, el marginado. Se presenta como el miembro de nuestra familia a quien nos cuesta amar. Incluso se presenta, quizás, como partes de nosotros mismos, nuestra propia humanidad frágil, que nos cuesta aceptar y amar. ¡Esto es difícil! Sería más fácil si se nos diera una señal más clara, como la que tuvo Juan.
También me resulta difícil reconocer la presencia de Dios en nuestros tiempos en general, cuando parece que como sociedad nos volvemos más crueles, menos pacientes y tolerantes, más propensos a la violencia que al diálogo. Siento que no tengo control sobre muchas cosas, y probablemente sea cierto. Pero sí tengo control sobre mi propia decisión de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros. La visión de San Ignacio sobre la Encarnación es que el mundo iba realmente para abajo a gran velocidad… y la Trinidad preguntó: «¿Qué debemos hacer?». La Segunda Persona de la Trinidad se ofreció: «Yo iré». Jesús vino porque lo necesitábamos. Dios no se dio por vencido con nosotros, sino que vino a estar con nosotros, a caminar con nosotros. Jesús nos llama a hacer lo que él hizo, a dedicarnos al Reino, con todos los que encontramos. Nos invita a estar abiertos al Otro, a amar a los demás, a ver la santidad en todas las personas. ¡Jesús no lo tuvo fácil! El precio de amar a los demás fue alto, pero nunca dejó de vivir su misión. Así también, estamos llamados a redoblar nuestros esfuerzos en la misión de amar.